La broma infinita

05/10/2013

la broma infinitaLa vida es una broma. Acaso una macabra, justificada por muchos en la teología, como si la alineación fuera la única forma de sosegar la inquietud que provoca. Por ello, me llamó poderosamente la atención el título de la aclamada y extensa novela (1200 páginas) La broma infinita (Mondadori, 2011), y acabé investigando sobre su autor, una de las figuras más influyentes de la mitomanía literaria de este siglo: David Foster Wallace (1962-2008).

La reciente publicación en nuestro país de su biografía Todas las historias de amor son historias de fantasmas (Debate, 2013), fruto de la minuciosa investigación del periodista D.T. Max, confirma el inmenso poder que tiene Internet sobre los llamados groupies literarios: personas que, aunque no hayan leído ni un solo libro de un escritor, exhiben un fascinación por este, sobre todo si pertenece al club de los suicidas. Foster, privilegiado poseedor de una prosa brillante, arrastraba una depresión desde hacía más de dos décadas, que lo llevó a ahorcarse el 12 de septiembre de 2008. Ese mismo día nacía el mito, en ese círculo de vida y muerte (salt seed) que me recuerda al controvertido Dylan Thomas y a su excelente y oscuro poemario.

Estudiante universitario con una nota media de matrícula de honor (licenciado cum laude), complació a sus profesores reescribiendo en un tono convencional sus textos, desquitándose, posteriormente, con una bibliografía propia de una sobresaliente inteligencia como la suya, opacada por una perenne melancolía —un Flaubert del siglo XXI—: drogas, ingresos hospitalarios y… La broma infinita. Consiguió reponerse gracias a la medicación durante unos años, legando un conjunto de magníficas antologías que muchos coetáneos estudian en clases de escritura creativa. Sin embargo, y a pesar de sus llamativos méritos, el culto a la personalidad de las redes sociales ha reducido su obra, como la de muchos otros, a un conjunto de citas literarias sacadas de contexto o erróneamente atribuidas. Esto último tiene una plausible explicación: la economía de la atención es solo un síntoma de una sinrazón, de una “abrasadora y avasalladoramente gigantesca realidad”, parafraseando al atormentado Foster Wallace, de la que de nosotros depende colocar el adecuado punto y final.

 

Artículo publicado en DA.