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Category: Ensayos

‘La palabra más hermosa’

[…] La palabra más hermosa no es una historia de amor al uso. Es un retrato que te llega a las entrañas, una fotografía de guerra; de las historias humanas destrozadas por las bombas; de la sangre de miles de inocentes y de la barbarie cometida por soldados deshumanizados y entrenados para matar  sin piedad a sus congéneres. Es, además, el grito desgarrado de una mujer herida que soñaba con ser madre.

‘Tres tazas de té’

[…] Tres tazas de té toca de cerca la problemática subyacente en Pakistán: el nacimiento de los Talibanes y las diferentes etnias que «conviven» en el territorio. Los hechos mantienen un inusual enfoque objetivo, una forma deliberada de evitar los prejuicios y ofrecernos a los lectores una visión realista. Esto no significa que le reste posicionamiento en su lucha contra el extremismo y el terror a través de la educación; este es el eje fundamental del incansable Greg Mortenson.

En el vicio de escribir

Entradas publicadas en el 2009.
Nunca está de más recordar qué escribíamos a ciertas edades.

quixote4wnParte I.

[…] En el caso de la literatura, como aspirantes a literatos, es el momento cúspide para moldear la gran obra o, por el contrario, una más: sencilla, limpia, pura, otra del montón. Empero, en esa búsqueda del magnus opus, corremos el riesgo de caer en el vicio de la pedantería. Una pedantería inconsciente, como parte intrínseca de la retórica, verborrea y de los escritores con tendencias arcaizantes.

Parte II.

[…]  Los sufridores autores, los abanderados del dolor, nos recuerdan en cada palabra que nunca encontraron la felicidad o que si la tuvieron bastó parpadear para perderla. Nunca se sintieron plenos, dudaron de sí mismos, se aferraron a sus míserias como timón de sus plumas.

Parte III.

[…] No siempre tiene que haber mensajes o enseñanzas de orden superior; la literatura es un momento de simbiosis entre palabras y la percepción personal. Más allá de personajes o situaciones, es un mensaje con valor universal, inherente a la razón humana. Un valor del cual se desprende el escritor y del que apropia el lector. Son emisores altruistas, alimentan el apetito insaciable del receptor.

Crisis de lectores (II)

¿Para quién escribía Bukowski? En la imagen, el escritor, su cerveza y un MAC.

El escritor vocacional, con o sin talento, amateur o profesional, se enfrenta cada día a una grave disyuntiva: escribir para sí mismo o para los demás. Críticos, literatos o incluso lectores se decantan por la primera opción: la escritura personal. De carácter intimista, es una pretendida plasmación del mundo interior: emociones, imágenes y creencias. Asumen que sólo con este método se puede conocer la esencia, estilo y talento de un autor. Igualmente, la identificación del lector con los personajes no es superficial, resultado de la impregnación de verosimilitud del intimismo. No obstante, los matices de esta opción nos obligan a cuestionar si los escritores de renombre -clásicos o coetáneos-, escribieron para sí mismos, en lugar de convergir en un excelente equilibrio entre su mundo interior y la demanda popular.

Por otra parte, es incuestionable que todo escritor desea ser leído. Huelga decir que los demonios y esperanzas de un cuaderno de garabatos sí son un ejercicio de privacidad. De resto, consciente o inconscientemente, se teclea a sabiendas de que algún ser humano posará sus ojos en el texto; un texto diáfano o sumergido en telarañas de figuras literarias.

Crisis de lectores

Fotograma: El lector (Stephen Daldry, 2008).

Dicen que existen más escritores que lectores. Y no es algo nuevo. Desde el nacimiento de la imprenta ha sido difícil escoger a un autor en un mercado sobresaturado de títulos brillantes, aceptables y mediocres. Estos últimos nacen del fervor por ser escritor antes que lector.

No concibo al autor que no lee. Los blogueros son el claro ejemplo de esta tendencia, la de escribir sin ton ni son, como si no hubiera un mañana, sin molestarse en conocer qué han escrito otros -ojo, me refiero a los escritores de ficción, no a los autores de otro tipo de bitácoras-. Descuidan elementos fundamentales tales como la corrección ortotipográfica y estilo en sus impulsos creativos. Ahora bien, son libres de intentar ser escritores a pesar de sus carencias. No seré yo quien les censure.

Sin embargo, no comparto la excusa de algunos seudoescritores que aseguran que lo importante es la historia, no la ortografía y sintaxis. Discrepo: se me atraganta cualquier obra si esta no describe correctamente el contexto, los personajes o si tiene faltas de ortografía. En cuanto a esto último, contacten con un corrector; puede que estén en peligro de extinción, pero algunos sobreviven a la purga.

Mi teorema

No pretendas ser escritor sin haber leído antes Los miserables.

Ahora que me dio por los clásicos -sobre todo por los realistas-, Víctor Hugo (máximo exponente de los escritores románticos) pasa a formar parte de mis autores esenciales y, más que favoritos, admirados (mi predilecto es Flaubert). Es una delicia leer ‘Los miserables’, ya que su uso del lenguaje es tan perfecto, que la narración, a mi parecer, es atemporal. Por ende, llegué a la siguiente conclusión: quien se precie de aspirante a escritor debe leer primero esta novela.

La tragicomedia del poeta

tragicomedia.

(Del lat. tragicomed?a).

1. f. Obra dramática con rasgos de comedia y de tragedia.

21 de marzo, Día Mundial de la Poesía.

Conmemorar el acto de escribir poesía es una atípica propuesta, muy propia de la bohemia, así que no iba a dejar pasar la oportunidad de publicar algo al respecto, ya que la poesía fue mi primera incursión en el arte de escribir.

Quizá, como la gran mayoría de los que padecemos sed de literatura, comenzamos a expresar nuestras emociones, a través de rítmicas o arrítmicas palabras, en la pre-adolescencia. Ese fue mi caso. Todavía conservo cuadernos, diarios y agendas repletos de poemas y dibujos, algunos inconclusos, otros cargados de artificios en mi búsqueda de la perfecta sonoridad —de ahí que prefiera la poesía en prosa, los llamados pseudopoemas.

Igualmente, idolatrábamos a los poetas como Bécquer, cuyas rimas sobre el amor eterno o el desamor saciaban la tragedia con la que opacábamos las ilusiones. A más desaliento, más inspiración. Creíamos que así debía ser la vida de un poeta: una burda tragicomedia; como las obras del Renacimiento que estudiábamos en literatura.

En el vicio de escribir (III)

La Literatura como valor universal.

Es sorprendente cómo ha evolucionado el ámbito de la Literatura en Internet desde la primera vez que toqué la opción “publicar post“, en agosto de 2004. Ahora hay cientos, no, millones de webs clasificadas con la etiqueta “Literatura” o “Cultura“. Es sobrecogedor y extasiante. Ergo, que es ardua tarea poder decidirse por un magacín o portal de escritores. Un sobrado cosmos donde una web es una molécula, pero una molécula que siempre tiene algo que ofrecer. Entre líneas de caracteres virtuales se enmascaran talentos que me gustaría degustar como una virgen sibarita. No obstante, peco de elitista y suelo huir espantada de muchos de ellos, tocando insistentemente la “x”.

En cada palabra que mi cerebro descodifique quiero encontrar algo que se adhiera a mí o simplemente pasar el rato. No siempre tiene que haber mensajes o enseñanzas de orden superior; la literatura es un momento de simbiosis entre palabras y la percepción personal. Más allá de personajes o situaciones, es un mensaje con valor universal, inherente a la razón humana. Un valor del cual se desprende el escritor y del que apropia el lector. Son emisores altruistas, alimentan el apetito insaciable del receptor. Pero lo que acertadamente le confiere el concepto de “universal” es que está al alcance de todos, y que todos podemos adoptar el rol que nos apetezca: distribuidores, consumidores y viceversa.

En el vicio de escribir (II)

Muchos escritores han basado su existencia en la más absurda de las desesperanzas. Siempre anhelando, buscando y sin encontrar. Un existencialismo autodestructor que desemboca en vicios que los han encumbrado o, por el contrario, hundido. El catálogo es extenso: alcohol, drogas, autoagresión… Han escupido obras donde lo soez ilustra las miserias del género humano. Llegando a los extremos, el suicidio se les ha presentado como la forma más soberbia de engalanar su obra.

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¿Por qué? ¿Por qué recrearse en una tristeza sin fin? Dicen que las más hermosas rimas han surgido de la catarsis ante el desamor, la muerte de un ser querido, la soledad… Una nefasta inspiración, un brotar de los sentimientos más oscuros. Parajes desoladores, amores imposibles, celos, engaños, traiciones, etc. Asimismo, como ávidos lectores, nos sentimos identificados y nos abrazamos a las desventuradas letras para enterrarnos en lo hiriente. Respiramos la melancolía y procuramos retenerla en los pulmones.

Los sufridores autores, los abanderados del dolor, nos recuerdan en cada palabra que nunca encontraron la felicidad o que si la tuvieron bastó parpadear para perderla. Nunca se sintieron plenos, dudaron de sí mismos, se aferraron a sus míserias como timón de sus plumas. ¿Lo hicieron de forma consciente? ¿No sabían resolver la inspiración en el goce aunque éste fuera ilusorio? No sólo ellos caen en el vicio de la tristeza como manantial de la letra, también nosotros, escritores noveles o profesionales, recurrimos a ella como bálsamo ante las heridas. Simboliza una terapia o se convierte en el arco del escurridizo éxito. Reflexionemos sobre ello y preguntémonos si vale la pena existir engrillados a la desazón de la edad.

¿Te acosa el vicio de la melancolía?

Algunos escritores perturbados por la genialidad de su pluma (el club de los suicidas): Virginia Wolf, Ernest Hemingway, Emilio Salgari, Sylvia Plath, Mariano José de Larra y muchos más…

 

 

Imagen: Románticos o Suicidas de Leonardo Alenza.

En el vicio de escribir (I)

[C]uando el espíritu creador se apodera del álter ego, cientos de ideas empiezan a hervir en la cabeza; nos sumergimos en mundos caóticos donde, nosotros, como seres omnipresentes, tenemos el control de todo lo que acontece. Es entonces cuando las musas, ninfas, o como queramos llamarlas, se escurren entre los dedos a modo de palabras y/o dibujos.

En el caso de la literatura, como aspirantes a literatos, es el momento cúspide para moldear la gran obra o, por el contrario, una más: sencilla, limpia, pura, otra del montón. Empero, en esa búsqueda del magnus opus*, corremos el riesgo de caer en el vicio de la pedantería. Una pedantería inconsciente, como parte intrínseca de la retórica, verborrea y de los escritores con tendencias arcaizantes.*

El valor de la palabra radica en la capacidad que tenemos de transmitir el sistema onírico (con verosimilitud, coherencia) que bulle en nuestro interior. A veces, un texto sencillo es más capaz de lograrlo, que otro cargado de un excesivo lenguaje poético, donde el hipérbaton, la metonimia, los circunloquios y otras figuras literarias, dificultan la capacidad de descodificación -comprensión- del lector.