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Category: Microrrelato

Pulquérrima vocación

Quizá, si retuerzo palabras, entinte la pulquérrima vocación de escribir. Volatizar el raciocinio, el doblez de malicia y la impronta de una minúscula parte del ser¹. Un ser de realidad sensible, figurada, que encorseta ilegibles conceptos en artificios de fatua sonoridad. Enredadera que nace en mi pecho carcajeándose de sí misma. De mí misma.

Trémulos restos de pretendidas descripciones y cordones umbilicales unidos a mis perversas entrañas. Bestias de humo negro de la hoguera de las vanidades², arden en mi estéril capacidad de delinear su intimidad, de fragmentar su existencia. Porque habitan en mi cuerpo, forman parte de mi desnudez. Guardan, impacientes, apetito de nacer y de morir en mis manos. En mis blancas manos. Porque, quizá, si retuerzo palabras, entinte la pulquérrima vocación de escribir.

 

1. El ser, de Aristóteles.
2. La hoguera de las vanidades, de Savonarola. 

Personaje hiperbreve

Soy un personaje de microrrelato. Y soy efímero, como los orgasmos. Mi historia podría contarse, si se diera el caso, en dos líneas. Para qué más, dicen los defensores de lo ‘corto’. Además, nadie me ha preguntado si me apetece o no protagonizar un despropósito. Pero no tengo elección. Nazco y muero con cada lector. Puedo percibir qué esperáis de mí. Algunos deseáis que me parta un rayo —ni siquiera acaban mi historia—; otros rebuscáis, entre párrafos, el momento en el que me bajo la cremallera del pantalón; y, unos pocos, esperáis un final feliz.

Sea cual fuere el motivo, me debo a los lectores. Sólo existo por y para vosotros. Mi obra y milagros están tan concentrados, que el espacio, el tiempo y mis acciones están sugeridas, y la intensidad caracteriza la expresión de mi creadora. Lástima que esta ocasión no podamos intimar un poco más, ya que soy un personaje de la infumable ‘hiperbrevedad’.


Indecoroso texto

Soy impúdica y correcta al mismo tiempo. Blasfemo de los  fantasmas de la ficción, fugitivos de lo retorcido de mis pensamientos. Todo lo que escribo, toda representación es ficticia, blasfemias, una vulgar mentira. Pero todo versa sobre lo real, sobre las bajas pasiones; de lo inherente al sexo y a la muerte. El monstruo que habita en mí se hace más grande, a medida que retrato a las bestias, ¡oh!

Quiero decir, me nutro de la mierda que escupen los devoradores de la exposición ajena. De aquello que les resulte repulsivo, incorrecto. Me puedo recrear en la estupidez de terceros o en la mía propia, a modo de ociosa catarsis. Sé que el dolor sordo de otros entretiene, distrae o se identifica al propio. A los simples les cuesta descodificar artificios de excitados egos, los encuentran pedantes y aburridos; abogan por una insípida pero aguda naturalidad. En parte les doy la razón, hay mucho proxeneta suelto.

Uf, sí. Soy impúdica y correcta al mismo tiempo. Solicito que concedan la redención del monstruo que habita en mí. Está hambriento… y resentido.

 

Largo olvido

Recordó que la había olvidado. No obstante, mucho tiempo atrás, ella era el eje de sus pensamientos, en todo momento, en cualquier lugar. Paradójico que la hubiera olvidado. Se dijo que recordar el olvido significa que poco importa lo vivido alguna vez.

Sí, ya no le importa el placer que sentía cuando escuchaba sus dulces jadeos o la tibieza de sus torpes besos, lo único bonito de ella. Intenta rememorar el dolor en las entrañas, la impronta de su ausencia, pero no puede. Ya no tiene cabida ni sentido tal recuerdo.

Pero, de pronto, teme que el largo olvido, ahora consciente de este, le tiente a crear falsos recuerdos. Porque el tiempo es un fraude; porque el tiempo deforma, amolda y lo destruye todo. Todo lo vuelve trivial, absurdo y ridículamente efímero. Muchas veces (o eso le viene a la memoria) se despertó sofocado, envuelto en un amargo sudor, aullando su nombre como un perro herido. Ese no podía ser él. ¡Ja! Lo había borrado de su mente.

Recordó que la había olvidado. Sintió pena. No por el largo olvido; no por crear o no falsos recuerdos, sino por lo irracional de aquel “yo” enamoradizo, por las necedades que dijo e hizo por ella. “Pero qué extraño —convino— todo se olvida… Todo”. Tiene razón. El tiempo desvanece el dolor sordo que atormenta a los que creen estar enamorados de quien les trata como opción.

Al rato, olvidó que la había recordado.

Suena mientras escribo este microrrelato: La dispute– Yann Tiersen (Amelie).

Soñados recuerdos

Cada personaje que transmuta, que fluye a través de nuestros dedos, posee una esencia propia. A cambio de su existencia perdemos algo de nosotros, nos desmembramos para darles hálito de vida. Cernimos sobre ellos los demonios que oscilan en nuestro ser. Los acomodamos en un campo abierto repleto de trémulas manos, carentes de humanidad, que tapan voces inocentes.

Asisten, estupefactos, al festín de crueldad que transcurre antepuesto a la conciencia colectiva: el monstruo silencioso de apetito insatisfecho. Siempre hay que dar algo a cambio… del mismo valor. La realidad aventaja a la ficción; una ficción reflejo de lo que el monstruo devora a su paso. Pero a través de sus vidas, de sus conmovedoras existencias, garabateamos “esperanza”.

Porque, finalmente, sólo nos queda un punto y final de soñados recuerdos.

 

 

El dogma de lo pueril

La vida exige escoger. Incluso no escoger es una elección. No, nunca es fácil, nunca estamos seguros de cuál es la opción correcta. Pero llega un momento en el que estás obligado a enfrentarte a tus pulsiones, probablemente, a las crudas, a las más difíciles de digerir.


Desde su más tierna infancia se entregó al hado de la imaginación. Esa portentosa maquinaria, el artefacto de primer orden para fabricar sueños. La vía de escape perfecta del desteñido y opaco día, de la rutina que barnizamos con una abundante capa de “éxito”. Pero su uso extremo empaña la vista y retuerce la percepción. Son daños profusos en el alma. En el subconsciente, el “otro yo”, territorio sombrío o que irradia candidez, se incuba un delirio extremo, un peligroso dogma de predestinación a la gloria, que ruge, rasguñe y enferma.

En consecuencia a esta certeza, confirió a lo real un trasfondo de dualidad y rezó su propio credo. Imaginó a su alrededor señales, signos inequívocos de que iba por el buen camino. ¿Mencioné que las ilusiones desembocan en distorsión? Y así ocurrió. Se autoproclamó rey de un vasto imperio imaginario, donde sus súbditos admiraban su sobrada magnificencia. Presumiblemente, extrapoló estas imaginaciones a su cotidianeidad, exhibiendo un autoconcepto elitista, totalmente errado.

Este estrafalario comportamiento lo aisló, negándose a compartir su espacio vital, a relacionarse con sus congéneres. A priori no le importó. Se convenció a sí mismo de que se había alejado voluntariamente de un gueto que tachaba de mediocre, aburrido y carente de metas. No obstante, una noche cualquiera, a saber en qué año, se sentó en el alféizar de la ventana de su maltrecho cuartucho de piso alquilado en la periferia de la capital, y dirigió la vista hacia las columnas de luz que besaban el firmamento. Sus colores chispeantes y vivos activaron el mecanismo de su maquinaria de sueños. Eran luces de ciudad, cientos, miles o quizás un millón de interruptores encendidos simultáneamente. Intentó imaginar -su jactante capacidad- qué estarían haciendo sus lejanos vecinos.

Curiosamente, y por primera vez, se sintió solo, irreal. Palpó sus brazos y piernas. Eran carne, sangre, nervios, hueso y de nuevo carne. Rememoró la última vez que estuvo con una mujer. Sus labios, depósito de una inquieta lengua, sus blancos senos y su risa estridente. No podía evocarla de otra forma, es más, no era capaz de recordar su cara, pero la echó de menos. Súbita e incomprensiblemente, aceptó que no se puede vivir de sueños, que ninguno de ellos sería viable. Se reprochó su falta de practicidad. Envidió por primera vez lo normal y pueril, lo que siempre adjetivó como mediocre. Volvió a mirar aquellas luces en un intento de ignorar este nuevo sentimiento: la soledad de un simple destino. Un destino que presume ser diferente para esos ciudadanos de clase media, con vidas hipotecadas, asalariados que defienden con una sonrisa que la felicidad sólo es posible mientras puedan comprar.

Consternado, muy consternado, estuvo dándole vueltas al asunto toda la noche. “¿Cuál es la respuesta correcta?, “¿Soy real?”, “¿Qué es real?”, se preguntó tantas veces como tantas luces se apagaron. Cuando la tierra volvió a nacer y sus cálidos rayos acariciaron sus mejillas, se dejó vencer por el sueño, cayéndose por la ventana de su mísera vivienda situada en un quinto piso. Despertar es evidente que despertó. Quizás si hubiera nacido en otro lugar, en otra época y en otro cuerpo, podría haber cumplido alguno de sus sueños. O no, quién sabe. Queridos lectores, este es el dogma de lo pueril y pocos escapan a sus banales principios. Maldita sea, ¿en qué mundo crees que vives?

Fdo. La abuela absurda.

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Ecuación

[…] Feeling funny don’t know why
On a plane circling high
Equation persuasion
It’s just persuasion
[…]

Patty Smith, “Persuasion”.

Fue ardua tarea conseguir una cita con ella. Apostada frente a su puerta, me siento incapaz de girar el pomo y adentrarme en su salvaje territorio, lugar secreto, pretérito y catártico. Aquel donde, cada noche, se deja penetrar por inmorales conceptos que purifica tecleando furiosamente su obsoleta, mas efectiva, máquina de escribir. Sí, no puedo obviar mi enfermiza admiración por ella, descubierta el día que abrí una de sus obras y la leí con una vehemencia desconocida en mí. Cada palabra se adhería a mi piel, rasgándola,  apoderándose de mi raciocinio y haciéndome sentir que yo era ella, que ella era yo.

No obstante, su leyenda reza que su afilada verborrea carcome hasta el más diáfano de los egos. Sólo pueden inmiscuirse en su vida aquellos con la suficiente agudeza mental para no zozobrar ante sus principios. En su infinita elocuencia, es capaz de disfrazarse en público y abogar por no matar el orgullo ante el murmullo de la gente. Lo reitero, fue muy difícil que se fijara en mí y me concediera una visita, pero estamos condenadas a descifrarnos: ambas somos las incógnitas de una absurda ecuación.

Y si ella, a pesar de su vasta sabiduría, se niega a comprenderlo, he traído conmigo una Magnum 375, su arma favorita.

 

Relativamente sencillo

Sí, a todos les parecía incomprensible. Quizá lo fuera, mas yo me negaba a verlo. Recuerdo estar sentada en aquella solitaria playa, en la orilla, mirar el apacible horizonte y descubrir que el mar abría los brazos y me llamaba a su encuentro. Pensé que si fuera una sirena podría perderme en su espuma brava y dejar que el impetuoso océano me acariciara el rostro. El pasado se borraría, solo quedarían tenues besos en la noche y el vello erizado en mi piel. Relativamente sencillo.

Muchas veces volví a esa playa, y a cada paso me fustigaba con recuerdos. Siempre supe que todo eran mentiras, palabras vacías, besos robados… una fría compañía. Pasaban las horas, los días, los años. Me hacía más pequeña, diminuta, me quería convertir en la nada. Sentía en mis entrañas la maraña de nervios que consumían la poca cordura que me quedaba. Se deformaba mi realidad a cada tictac del reloj. No podía ser lo correcto. No, no podía serlo.

No quise llegar a una edad y descubrir que toda lucha había sido en vano. El abandono era la única vuelta a la calma en esa noche de tormenta. No existía el consuelo, mas yo quise cobijarme del dolor. Forjé la más resistente de las armaduras, bajé mi yelmo y me marché al desierto de los sentimientos, donde el cielo se tiñe de color púrpura y sus tierras están habitadas por las sombras de un pasado hostil. La soledad era la mejor de las consejeras. No necesitaba ni quería nada más. Sí, así era relativamente sencillo.

2009.

Sinfonía de un poeta alicaído

Las palabras bailan al son de un tenue vals que se esconde entre líneas. La grafía de la melodía es un compendio de emociones y pulsiones de su creador. Lo llaman poeta, pero él se siente como fútil genio, una razón incomprendida.

Pocos son los que saben tocar su partitura de palabras, «mi magnum opus», afirma. Hombre de carácter huraño, teme morir y pasar al gélido olvido. En las noches, recita con auténtico fervor su melodía, convencido de que sus lánguidos acordes resucitarían a la ánima más mustia de este planeta.

En el último amanecer, las florecientes palabras se marchitaron, perdiendo todo su color. Sentado en su lecho de muerte, las acarició por última vez. Con fúnebre mirada se despidió de ellas, y con un sombrío hilo de voz dijo: «lamento todo este sufrimiento en vano». Y se marchó envuelto de una humareda con sabor a metal.

Años después, un literato las rescata del olvido y las encuaderna en terciopelo bordado con suaves hilos de colores. La melodía resurge y se convierte en sinfonía. Es colocada en la parte más suntuosa de la estantería. Todos la leen, todos la aman. Es perfecta.

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Imagen: El suicidio (Monet, 1877).

Magnus Opus: del latín, significa ‘gran obra’ u obra maestra […] (Fuente: Wikipedia).

Vómito celestial

[…]

Paró el coche en el arcén. Bajó y vomitó. Vomitó la maraña de nervios que la tenía todas las noches en vilo, el asco del engaño. Cayó de rodillas y lloró. Lloró como nunca pensó hacerlo. Pensaba que se le rasgaba el alma, que se rompería en mil pedazos. Sintió que se descomponía, que dejaba de ser humano para convertirse en un esperpento de sí misma. Volvió al coche y sacó un pequeño espejo de su bolso. Se miró en él.

—Doy pena —dijo— Espera, ¿de verdad doy pena? No, doy asco.

Apartó la mirada. Se volvió a mirar: ojos hinchados, rímel corrido, boca sucia, dientes con restos de vómito celestial.

Sí, vómito celestial. Porque ahora era un ángel, el demonio se quedó en el asfalto.

Villa Melancolía

Reminiscencia arqueológica del Angelus de Millet (1935). Dalí.

Dicen que en la más lejana villa viven los seres más apáticos del mundo. Su mísera existencia se remonta a la desesperanza de sus ancestros y a la desidia de sus líderes. La vida en este lugar es incolora, insípida, abocada a la mediocridad y lentitud. En cada parpadeo la vida y la muerte representan el destino, y no hay cabida para esperanza alguna. Hasta la melodía más alegre, acaba convertida en lánguidos acordes.

Sus habitantes, todo ser vivo, no se plantean el porqué de su existencia, no conciben algo mejor. No conocen el hambre -viven de los frutos de la tierra y la cacería-, la guerra -su sistema de gobierno es una oligarquía- y el amor es una necesidad fisiológica para engendrar hijos que trabajen en la cosecha.

La infelicidad del alma los hace invulnerables a la ilusión, y la temeridad es una virtud, ya que nada temen perder porque nada tienen. Si conociesen dicha sensación, se convertirían en emociones de carne y hueso descorazonadas por la vida que les tocase vivir. Sus sistemas tendrían un flujo inconstante de información y sensaciones que los conduciría por una senda de decisiones que no están dispuestos a asumir. ¿Para qué? ¿Tiene algún sentido? Estas gentes creen haber encontrado la respuesta: no la hay.

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Imagen: “Reminiscencia arqueológica del Angelus de Millet” (Dalí, 1935).