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– METAL – Posts

Abandono

Poco importa cuántas veces deseó tenerla entre sus brazos.

Poco importa cuántas veces le dijo te quiero y la colmó de besos.

Solo importa que la abandonó a merced de las bestias.

Estupidez

Me puedo recrear en la estupidez de terceros o en la mía propia, a modo de ociosa catarsis.

Pulquérrima vocación

Quizá, si retuerzo palabras, entinte la pulquérrima vocación de escribir. Volatizar el raciocinio, el doblez de malicia y la impronta de una minúscula parte del ser¹. Un ser de realidad sensible, figurada, que encorseta ilegibles conceptos en artificios de fatua sonoridad. Enredadera que nace en mi pecho carcajeándose de sí misma. De mí misma.

Trémulos restos de pretendidas descripciones y cordones umbilicales unidos a mis perversas entrañas. Bestias de humo negro de la hoguera de las vanidades², arden en mi estéril capacidad de delinear su intimidad, de fragmentar su existencia. Porque habitan en mi cuerpo, forman parte de mi desnudez. Guardan, impacientes, apetito de nacer y de morir en mis manos. En mis blancas manos. Porque, quizá, si retuerzo palabras, entinte la pulquérrima vocación de escribir.

 

1. El ser, de Aristóteles.
2. La hoguera de las vanidades, de Savonarola. 

Juntos

Les Amants (1928), René Magritte
Les Amants (1928), René Magritte

Tú, al igual que yo, repeles el dolor. El desconcierto ante lo que pudo ser y jamás será, ante los que se fueron sin mirar atrás, ante la quimera que se esfuma como humo de tabaco.

Qué puedo contarte que tú ya no sepas. Carecemos de una razón por la que vivir y morir, y el apego ensordece nuestros deseos; penetra en la inexorable soledad.

Porque tú, al igual que yo, anhelas ser irreal pero palpitas ante un nuevo amanecer. Cuando te giras, acaricias mi rostro y me comprometes a otro día más… juntos.

 

Crisis de lectores (II)

¿Para quién escribía Bukowski? En la imagen, el escritor, su cerveza y un MAC.

El escritor vocacional, con o sin talento, amateur o profesional, se enfrenta cada día a una grave disyuntiva: escribir para sí mismo o para los demás. Críticos, literatos o incluso lectores se decantan por la primera opción: la escritura personal. De carácter intimista, es una pretendida plasmación del mundo interior: emociones, imágenes y creencias. Asumen que sólo con este método se puede conocer la esencia, estilo y talento de un autor. Igualmente, la identificación del lector con los personajes no es superficial, resultado de la impregnación de verosimilitud del intimismo. No obstante, los matices de esta opción nos obligan a cuestionar si los escritores de renombre -clásicos o coetáneos-, escribieron para sí mismos, en lugar de convergir en un excelente equilibrio entre su mundo interior y la demanda popular.

Por otra parte, es incuestionable que todo escritor desea ser leído. Huelga decir que los demonios y esperanzas de un cuaderno de garabatos sí son un ejercicio de privacidad. De resto, consciente o inconscientemente, se teclea a sabiendas de que algún ser humano posará sus ojos en el texto; un texto diáfano o sumergido en telarañas de figuras literarias.

Si me dejaras

Si me dejaras decirte lo que pienso de ti, de tu forma de ser, de tus maneras, de tus actos; si me dejaras modelarte a mi gusto, pulir tus grietas, alisar tu forma; si me dejaras manejar tus hilos a mi antojo… Si me dejaras, no serías quien eres. Ni yo te hubiera amado.

 

Caprichosa

Lo quiero ahora, en este momento, no más tarde, sino en este instante.

Si no es ya, no lo quiero. Quédatelo.

Dímelo. ¿Por qué no me lo dices?

Está bien. No me lo digas. No me interesa.

Caprichosa. Solo eres una vulgar caprichosa.

8 de septiembre de 2005.

Crisis de lectores

Fotograma: El lector (Stephen Daldry, 2008).

Dicen que existen más escritores que lectores. Y no es algo nuevo. Desde el nacimiento de la imprenta ha sido difícil escoger a un autor en un mercado sobresaturado de títulos brillantes, aceptables y mediocres. Estos últimos nacen del fervor por ser escritor antes que lector.

No concibo al autor que no lee. Los blogueros son el claro ejemplo de esta tendencia, la de escribir sin ton ni son, como si no hubiera un mañana, sin molestarse en conocer qué han escrito otros -ojo, me refiero a los escritores de ficción, no a los autores de otro tipo de bitácoras-. Descuidan elementos fundamentales tales como la corrección ortotipográfica y estilo en sus impulsos creativos. Ahora bien, son libres de intentar ser escritores a pesar de sus carencias. No seré yo quien les censure.

Sin embargo, no comparto la excusa de algunos seudoescritores que aseguran que lo importante es la historia, no la ortografía y sintaxis. Discrepo: se me atraganta cualquier obra si esta no describe correctamente el contexto, los personajes o si tiene faltas de ortografía. En cuanto a esto último, contacten con un corrector; puede que estén en peligro de extinción, pero algunos sobreviven a la purga.

Dalí, genio

«Seré un genio, y el mundo me admirará. Quizá seré despreciado e incomprendido, pero seré un genio, un gran genio, porque estoy seguro de ello».  Salvador Dalí con quince años.

El Cristo de San Juan de la Cruz, 1951.

Pensamiento creativo

Poseemos un talento que ilumina este circo romano, que devuelve la razón y protege de la locura universal: el pensamiento creativo.  Es la única cualidad a destacar en seres enfermizos que destruyen su propio entorno en la búsqueda de poder; un poder adherido al código genético como método para permanecer en la cúspide de la evolución. Hasta el aspecto más nimio de nuestras vidas está supeditado a este. Pero la razón humana, puta de filósofos, hace acto de presencia para evitar que nos destripemos los unos a los otros.  No obstante, será la propia razón la que nos hunda en la miseria. ¿Qué aportamos salvo cuando nos convertimos en polvo? Tantas preguntas formuladas como acto de estéril comprensión. Aun así somos afortunados: tenemos la capacidad de crear para justificar un burdo pretexto cuyo verbo es vivir.

Personaje hiperbreve

Soy un personaje de microrrelato. Y soy efímero, como los orgasmos. Mi historia podría contarse, si se diera el caso, en dos líneas. Para qué más, dicen los defensores de lo ‘corto’. Además, nadie me ha preguntado si me apetece o no protagonizar un despropósito. Pero no tengo elección. Nazco y muero con cada lector. Puedo percibir qué esperáis de mí. Algunos deseáis que me parta un rayo —ni siquiera acaban mi historia—; otros rebuscáis, entre párrafos, el momento en el que me bajo la cremallera del pantalón; y, unos pocos, esperáis un final feliz.

Sea cual fuere el motivo, me debo a los lectores. Sólo existo por y para vosotros. Mi obra y milagros están tan concentrados, que el espacio, el tiempo y mis acciones están sugeridas, y la intensidad caracteriza la expresión de mi creadora. Lástima que esta ocasión no podamos intimar un poco más, ya que soy un personaje de la infumable ‘hiperbrevedad’.


Mi teorema

No pretendas ser escritor sin haber leído antes Los miserables.

Ahora que me dio por los clásicos -sobre todo por los realistas-, Víctor Hugo (máximo exponente de los escritores románticos) pasa a formar parte de mis autores esenciales y, más que favoritos, admirados (mi predilecto es Flaubert). Es una delicia leer ‘Los miserables’, ya que su uso del lenguaje es tan perfecto, que la narración, a mi parecer, es atemporal. Por ende, llegué a la siguiente conclusión: quien se precie de aspirante a escritor debe leer primero esta novela.

Narrador

Estoy harta de estos ojos escrutadores que esperan mi caída.

Me los arrancaría para dárselos al narrador.


Indecoroso texto

Soy impúdica y correcta al mismo tiempo. Blasfemo de los  fantasmas de la ficción, fugitivos de lo retorcido de mis pensamientos. Todo lo que escribo, toda representación es ficticia, blasfemias, una vulgar mentira. Pero todo versa sobre lo real, sobre las bajas pasiones; de lo inherente al sexo y a la muerte. El monstruo que habita en mí se hace más grande, a medida que retrato a las bestias, ¡oh!

Quiero decir, me nutro de la mierda que escupen los devoradores de la exposición ajena. De aquello que les resulte repulsivo, incorrecto. Me puedo recrear en la estupidez de terceros o en la mía propia, a modo de ociosa catarsis. Sé que el dolor sordo de otros entretiene, distrae o se identifica al propio. A los simples les cuesta descodificar artificios de excitados egos, los encuentran pedantes y aburridos; abogan por una insípida pero aguda naturalidad. En parte les doy la razón, hay mucho proxeneta suelto.

Uf, sí. Soy impúdica y correcta al mismo tiempo. Solicito que concedan la redención del monstruo que habita en mí. Está hambriento… y resentido.

 

Largo olvido

Recordó que la había olvidado. No obstante, mucho tiempo atrás, ella era el eje de sus pensamientos, en todo momento, en cualquier lugar. Paradójico que la hubiera olvidado. Se dijo que recordar el olvido significa que poco importa lo vivido alguna vez.

Sí, ya no le importa el placer que sentía cuando escuchaba sus dulces jadeos o la tibieza de sus torpes besos, lo único bonito de ella. Intenta rememorar el dolor en las entrañas, la impronta de su ausencia, pero no puede. Ya no tiene cabida ni sentido tal recuerdo.

Pero, de pronto, teme que el largo olvido, ahora consciente de este, le tiente a crear falsos recuerdos. Porque el tiempo es un fraude; porque el tiempo deforma, amolda y lo destruye todo. Todo lo vuelve trivial, absurdo y ridículamente efímero. Muchas veces (o eso le viene a la memoria) se despertó sofocado, envuelto en un amargo sudor, aullando su nombre como un perro herido. Ese no podía ser él. ¡Ja! Lo había borrado de su mente.

Recordó que la había olvidado. Sintió pena. No por el largo olvido; no por crear o no falsos recuerdos, sino por lo irracional de aquel “yo” enamoradizo, por las necedades que dijo e hizo por ella. “Pero qué extraño —convino— todo se olvida… Todo”. Tiene razón. El tiempo desvanece el dolor sordo que atormenta a los que creen estar enamorados de quien les trata como opción.

Al rato, olvidó que la había recordado.

Suena mientras escribo este microrrelato: La dispute– Yann Tiersen (Amelie).

Burlesque

La novata pretendía asombrar, con su espectáculo burlesque, a un jurado formado por diabólicas sombras envueltas en una nube de malolientes cigarrillos; un perturbador jurado que, sentado tras una gran mesa de añeja madera, enmudecía de libidinosa expectación.


La tragicomedia del poeta

tragicomedia.

(Del lat. tragicomed?a).

1. f. Obra dramática con rasgos de comedia y de tragedia.

21 de marzo, Día Mundial de la Poesía.

Conmemorar el acto de escribir poesía es una atípica propuesta, muy propia de la bohemia, así que no iba a dejar pasar la oportunidad de publicar algo al respecto, ya que la poesía fue mi primera incursión en el arte de escribir.

Quizá, como la gran mayoría de los que padecemos sed de literatura, comenzamos a expresar nuestras emociones, a través de rítmicas o arrítmicas palabras, en la pre-adolescencia. Ese fue mi caso. Todavía conservo cuadernos, diarios y agendas repletos de poemas y dibujos, algunos inconclusos, otros cargados de artificios en mi búsqueda de la perfecta sonoridad —de ahí que prefiera la poesía en prosa, los llamados pseudopoemas.

Igualmente, idolatrábamos a los poetas como Bécquer, cuyas rimas sobre el amor eterno o el desamor saciaban la tragedia con la que opacábamos las ilusiones. A más desaliento, más inspiración. Creíamos que así debía ser la vida de un poeta: una burda tragicomedia; como las obras del Renacimiento que estudiábamos en literatura.

Soñados recuerdos

Cada personaje que transmuta, que fluye a través de nuestros dedos, posee una esencia propia. A cambio de su existencia perdemos algo de nosotros, nos desmembramos para darles hálito de vida. Cernimos sobre ellos los demonios que oscilan en nuestro ser. Los acomodamos en un campo abierto repleto de trémulas manos, carentes de humanidad, que tapan voces inocentes.

Asisten, estupefactos, al festín de crueldad que transcurre antepuesto a la conciencia colectiva: el monstruo silencioso de apetito insatisfecho. Siempre hay que dar algo a cambio… del mismo valor. La realidad aventaja a la ficción; una ficción reflejo de lo que el monstruo devora a su paso. Pero a través de sus vidas, de sus conmovedoras existencias, garabateamos “esperanza”.

Porque, finalmente, sólo nos queda un punto y final de soñados recuerdos.