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– METAL – Posts

Relativamente sencillo

Sí, a todos les parecía incomprensible. Quizá lo fuera, mas yo me negaba a verlo. Recuerdo estar sentada en aquella solitaria playa, en la orilla, mirar el apacible horizonte y descubrir que el mar abría los brazos y me llamaba a su encuentro. Pensé que si fuera una sirena podría perderme en su espuma brava y dejar que el impetuoso océano me acariciara el rostro. El pasado se borraría, solo quedarían tenues besos en la noche y el vello erizado en mi piel. Relativamente sencillo.

Muchas veces volví a esa playa, y a cada paso me fustigaba con recuerdos. Siempre supe que todo eran mentiras, palabras vacías, besos robados… una fría compañía. Pasaban las horas, los días, los años. Me hacía más pequeña, diminuta, me quería convertir en la nada. Sentía en mis entrañas la maraña de nervios que consumían la poca cordura que me quedaba. Se deformaba mi realidad a cada tictac del reloj. No podía ser lo correcto. No, no podía serlo.

No quise llegar a una edad y descubrir que toda lucha había sido en vano. El abandono era la única vuelta a la calma en esa noche de tormenta. No existía el consuelo, mas yo quise cobijarme del dolor. Forjé la más resistente de las armaduras, bajé mi yelmo y me marché al desierto de los sentimientos, donde el cielo se tiñe de color púrpura y sus tierras están habitadas por las sombras de un pasado hostil. La soledad era la mejor de las consejeras. No necesitaba ni quería nada más. Sí, así era relativamente sencillo.

2009.

Vida

Fotografía de Sang Nguyen

“He sido un hombre afortunado en la vida: nada me fue fácil.”

FREUD.

El teatro según Lope de Vega

Foto | Paco Peregrin & Kattaca

Teatro: —¡Ay, ay, ay!

Forastero: —¿De qué te quejas, teatro?

Teatro: —¡Ay, ay, ay!

Forastero: —¿Qué tienes, qué novedad es ésta?

Teatro: —¿Es posible que no me veas herido, quebradas las piernas y los brazos, lleno de mil agujeros, de mil trampas y de mil clavos?

Forastero: —¿Quién te ha puesto en este estado tan miserable?

Teatro: —Los carpinteros, por orden de los autores.

Lope de Vega (1562-1635), poeta y dramaturgo.

Ode to the theatre

Foto: 'El Jardín del Edén' (Dusan Reljin).

“(Acting movies) isn’t acting; that’s piecework. You’re not human being, you’re a thing in a vacuum. Noise shut out, human response shut out. But in the theater, when you hear that lovely sound out there… it’s as though they’d turned on an electric current that bit you here. And that’s how you learn to act.”

Edna Ferber and GeorgeS. Kaufman.

‘Letters to a Young Actor’, de Robert Brustein.

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Elocuencia

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Foto: Moo

“Para la mayoría de nosotros, la vida verdadera es la vida que no llevamos.”

Oscar Wilde.

“Pocos ven lo que somos, pero todos ven lo que aparentamos.”

Maquiavelo.

Escrúpulos

Raíces de estilo surrealista y de mínimas dimensiones, Frida Kahlo.

He decidido exponerle la gravedad del asunto. No me importa su reacción, es más, si fuera necesario le arrancaré los escrúpulos… Si se atreviera a tenerlos.

Cuadro: “Raíces de estilo surrealista y de mínimas dimensiones” de Frida Khalo.

La caótica letra

El espejismo de la palabra corona la ficción que se esculpe como absurdas incoherencias de una mente anárquica. Se torna pomposa, obsesiva; pero es apremiante porque reclama su lugar en la confusa bohemia. Sí, su nombre es Caótica Letra, la praxis de la palabra con forma de esperpento.

Espira sin compasión un asfixiante halo mortecino que se torna apesadumbrado, catártico. Vomita la hostil maraña de vísceras del álter ego. El vacío tritura el corazón en un mortero de resentimiento hasta reducirlo a polvo de lamentos.

No obstante, hay quien posee un juicio aséptico, sereno, que niega la evidencia del nefasto embrujo de la grafía y la degusta como una labor ecuánime, fortalecedora. Se besa la mano y se elogia por ello. Discute con la melancolía que se marchita hasta llorar sus pétalos, deslizándose por la mejilla de la etérea felicidad.

2009

 

En el vicio de escribir (II)

Muchos escritores han basado su existencia en la más absurda de las desesperanzas. Siempre anhelando, buscando y sin encontrar. Un existencialismo autodestructor que desemboca en vicios que los han encumbrado o, por el contrario, hundido. El catálogo es extenso: alcohol, drogas, autoagresión… Han escupido obras donde lo soez ilustra las miserias del género humano. Llegando a los extremos, el suicidio se les ha presentado como la forma más soberbia de engalanar su obra.

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¿Por qué? ¿Por qué recrearse en una tristeza sin fin? Dicen que las más hermosas rimas han surgido de la catarsis ante el desamor, la muerte de un ser querido, la soledad… Una nefasta inspiración, un brotar de los sentimientos más oscuros. Parajes desoladores, amores imposibles, celos, engaños, traiciones, etc. Asimismo, como ávidos lectores, nos sentimos identificados y nos abrazamos a las desventuradas letras para enterrarnos en lo hiriente. Respiramos la melancolía y procuramos retenerla en los pulmones.

Los sufridores autores, los abanderados del dolor, nos recuerdan en cada palabra que nunca encontraron la felicidad o que si la tuvieron bastó parpadear para perderla. Nunca se sintieron plenos, dudaron de sí mismos, se aferraron a sus míserias como timón de sus plumas. ¿Lo hicieron de forma consciente? ¿No sabían resolver la inspiración en el goce aunque éste fuera ilusorio? No sólo ellos caen en el vicio de la tristeza como manantial de la letra, también nosotros, escritores noveles o profesionales, recurrimos a ella como bálsamo ante las heridas. Simboliza una terapia o se convierte en el arco del escurridizo éxito. Reflexionemos sobre ello y preguntémonos si vale la pena existir engrillados a la desazón de la edad.

¿Te acosa el vicio de la melancolía?

Algunos escritores perturbados por la genialidad de su pluma (el club de los suicidas): Virginia Wolf, Ernest Hemingway, Emilio Salgari, Sylvia Plath, Mariano José de Larra y muchos más…

 

 

Imagen: Románticos o Suicidas de Leonardo Alenza.

Citas

Creedlo, para hacernos amar no debemos preguntar nunca a quien nos ama: ¿Eres feliz?, sino decirle siempre: ¡Qué feliz soy!

Jacinto Benavente.
Cuadro: Esperanza de amor, de Silvia Inés Giwant.
Andy, gracias por estos meses juntos.
¡Te quiero!”

En el vicio de escribir (I)

[C]uando el espíritu creador se apodera del álter ego, cientos de ideas empiezan a hervir en la cabeza; nos sumergimos en mundos caóticos donde, nosotros, como seres omnipresentes, tenemos el control de todo lo que acontece. Es entonces cuando las musas, ninfas, o como queramos llamarlas, se escurren entre los dedos a modo de palabras y/o dibujos.

En el caso de la literatura, como aspirantes a literatos, es el momento cúspide para moldear la gran obra o, por el contrario, una más: sencilla, limpia, pura, otra del montón. Empero, en esa búsqueda del magnus opus*, corremos el riesgo de caer en el vicio de la pedantería. Una pedantería inconsciente, como parte intrínseca de la retórica, verborrea y de los escritores con tendencias arcaizantes.*

El valor de la palabra radica en la capacidad que tenemos de transmitir el sistema onírico (con verosimilitud, coherencia) que bulle en nuestro interior. A veces, un texto sencillo es más capaz de lograrlo, que otro cargado de un excesivo lenguaje poético, donde el hipérbaton, la metonimia, los circunloquios y otras figuras literarias, dificultan la capacidad de descodificación -comprensión- del lector.

Sinfonía de un poeta alicaído

Las palabras bailan al son de un tenue vals que se esconde entre líneas. La grafía de la melodía es un compendio de emociones y pulsiones de su creador. Lo llaman poeta, pero él se siente como fútil genio, una razón incomprendida.

Pocos son los que saben tocar su partitura de palabras, «mi magnum opus», afirma. Hombre de carácter huraño, teme morir y pasar al gélido olvido. En las noches, recita con auténtico fervor su melodía, convencido de que sus lánguidos acordes resucitarían a la ánima más mustia de este planeta.

En el último amanecer, las florecientes palabras se marchitaron, perdiendo todo su color. Sentado en su lecho de muerte, las acarició por última vez. Con fúnebre mirada se despidió de ellas, y con un sombrío hilo de voz dijo: «lamento todo este sufrimiento en vano». Y se marchó envuelto de una humareda con sabor a metal.

Años después, un literato las rescata del olvido y las encuaderna en terciopelo bordado con suaves hilos de colores. La melodía resurge y se convierte en sinfonía. Es colocada en la parte más suntuosa de la estantería. Todos la leen, todos la aman. Es perfecta.

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Imagen: El suicidio (Monet, 1877).

Magnus Opus: del latín, significa ‘gran obra’ u obra maestra […] (Fuente: Wikipedia).

El goce de devorarte

‘Pieces of…’ (2003), Mariana Castro.

Anoche te amé con tanta intensidad que te saboreé con impaciencia. Quería más. Quería arrancarte el corazón, inhalar tu alma. Que fueras tan mío, que fuésemos uno. Deseé guardar en un frasquito el aroma de tu piel, respirarlo a solas para recordar tu cuerpo y fantasear con él.

Te amé tanto, que me volví egoísta. Fui un manojo de turbulentos deseos y a punto estuve de devorarte por completo. En tu pupila sólo existía yo. Eres mío, sólo mío. Anoche te amé con tanta intensidad… que hoy te quiero repetir.

 

 

Vómito celestial

[…]

Paró el coche en el arcén. Bajó y vomitó. Vomitó la maraña de nervios que la tenía todas las noches en vilo, el asco del engaño. Cayó de rodillas y lloró. Lloró como nunca pensó hacerlo. Pensaba que se le rasgaba el alma, que se rompería en mil pedazos. Sintió que se descomponía, que dejaba de ser humano para convertirse en un esperpento de sí misma. Volvió al coche y sacó un pequeño espejo de su bolso. Se miró en él.

—Doy pena —dijo— Espera, ¿de verdad doy pena? No, doy asco.

Apartó la mirada. Se volvió a mirar: ojos hinchados, rímel corrido, boca sucia, dientes con restos de vómito celestial.

Sí, vómito celestial. Porque ahora era un ángel, el demonio se quedó en el asfalto.

Eres inspiración

Esta alma condenada a la aspiración del “quiero ser…”, se limita a susurrar a los oídos del que ama: “gracias por existir”. Eres la inspiración del más afanado poeta, de la más absurda poetisa. Tú provocas la inseguridad de la felicidad más efímera y la nostalgia de la sonata melancolía en una noche entre tus brazos. ¿Cuántas veces estos labios te dirán lo mucho que te aman? No existen palabras para arrancarme del pecho la esencia de tu piel. No quiero. No puedo.

‘Time jumps’ (Mariana Castro, 2003).

Villa Melancolía

Reminiscencia arqueológica del Angelus de Millet (1935). Dalí.

Dicen que en la más lejana villa viven los seres más apáticos del mundo. Su mísera existencia se remonta a la desesperanza de sus ancestros y a la desidia de sus líderes. La vida en este lugar es incolora, insípida, abocada a la mediocridad y lentitud. En cada parpadeo la vida y la muerte representan el destino, y no hay cabida para esperanza alguna. Hasta la melodía más alegre, acaba convertida en lánguidos acordes.

Sus habitantes, todo ser vivo, no se plantean el porqué de su existencia, no conciben algo mejor. No conocen el hambre -viven de los frutos de la tierra y la cacería-, la guerra -su sistema de gobierno es una oligarquía- y el amor es una necesidad fisiológica para engendrar hijos que trabajen en la cosecha.

La infelicidad del alma los hace invulnerables a la ilusión, y la temeridad es una virtud, ya que nada temen perder porque nada tienen. Si conociesen dicha sensación, se convertirían en emociones de carne y hueso descorazonadas por la vida que les tocase vivir. Sus sistemas tendrían un flujo inconstante de información y sensaciones que los conduciría por una senda de decisiones que no están dispuestos a asumir. ¿Para qué? ¿Tiene algún sentido? Estas gentes creen haber encontrado la respuesta: no la hay.

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Imagen: “Reminiscencia arqueológica del Angelus de Millet” (Dalí, 1935).

 

Violento oficio

En la lucha de ideas,

las ideas que no se conocen, no luchan.

Para todos aquellos que decidieron —como dijo Rodolfo Walsh— que de todos los oficios terrestres, el violento oficio de escribir era el que más les convenía en esta militancia de la pablabra, van mis más sinceros saludos.

Y para quienes le pusieron precio a sus convicciones para poder ser propaladoras del pensamiento único, mis más sinceros repudios. No puedo saludarlos hoy porque no son periodistas; son voceros.

Solo usted sabrá entonces qué parte de la dedicatoria le corresponde.

Luciana Mignoli (periodista y amiga).