Largo olvido

Recordó que la había olvidado. No obstante, mucho tiempo atrás, ella era el eje de sus pensamientos, en todo momento, en cualquier lugar. Paradójico que la hubiera olvidado. Se dijo que recordar el olvido significa que poco importa lo vivido alguna vez.

Sí, ya no le importa el placer que sentía cuando escuchaba sus dulces jadeos o la tibieza de sus torpes besos, lo único bonito de ella. Intenta rememorar el dolor en las entrañas, la impronta de su ausencia, pero no puede. Ya no tiene cabida ni sentido tal recuerdo.

Pero, de pronto, teme que el largo olvido, ahora consciente de este, le tiente a crear falsos recuerdos. Porque el tiempo es un fraude; porque el tiempo deforma, amolda y lo destruye todo. Todo lo vuelve trivial, absurdo y ridículamente efímero. Muchas veces (o eso le viene a la memoria) se despertó sofocado, envuelto en un amargo sudor, aullando su nombre como un perro herido. Ese no podía ser él. ¡Ja! Lo había borrado de su mente.

Recordó que la había olvidado. Sintió pena. No por el largo olvido; no por crear o no falsos recuerdos, sino por lo irracional de aquel “yo” enamoradizo, por las necedades que dijo e hizo por ella. “Pero qué extraño —convino— todo se olvida… Todo”. Tiene razón. El tiempo desvanece el dolor sordo que atormenta a los que creen estar enamorados de quien les trata como opción.

Al rato, olvidó que la había recordado.

Suena mientras escribo este microrrelato: La dispute– Yann Tiersen (Amelie).

10 years ago

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